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La Agotadora Persecución

La agotadora persecución

Ahí están. ¿Los ves? ¿Los oyes? ¿Los sientes? Tienen diferentes nombres para cada persona, pero de alguna manera lo que dicen de ellos valida su «aparente» existencia.

Los fantasmas. Ese miedito o temorcillo. Las voces. Los demonios. Lo que buscas huirle, escapar, esconderte, distraerte, evitar, pero de alguna manera saben cómo encontrarte. Mejor dicho, justo cuando crees que ya dejaron de ser un problema, reaparecen. Crecidos y multiplicados.

Su presencia es persistente, y muy precisa. Cuando estás atravesando un mal momento, los ves, los sientes o los escuchas en todo momento y/o por todos lados. Cuando estás por tomar una decisión o un riesgo importante, no importa lo bien o mal que puedas estar, aparecen otra vez.

Para recordarte lo negativo en tus noches oscuras del alma, están ahí. Cuando quieres hacer algo positivo o de crecimiento, te recuerdan lo que ha pasado. Especialmente, las cagadas (o errores) que has cometido. Puedes decir que no importa, que es parte del pasado, pero por alguna razón te sigue diciendo algo. Por algo sigue apareciendo.

Es como si por momentos esa persecusión cansa, agota. Por más que buscas sacar ventaja, tener una delantera decisiva, dejas caer la guardia un momento, te alcanzan. Y lo peor, cuando permites que una de esas voces o sentimientos te domine, caes presa de su seducción o encanto.

Es como si entraras a otra dimensión, donde sabes que hay algo no anda bien. Algo domina tu mente, tus emociones, tus acciones y tu forma de ver las cosas. Nubla tu entendimiento y comienzas a vivir algo que no es, pero no sabes como salir de ello.

Como cuando te enamoras de la persona incorrecta y un día despiertas. Le entregas años de tu vida a un empleo, negocio o sociedad y te das cuenta que la lealtad dada no es igual a la recibida. Has creído algo por tanto tiempo y dudas que pueda ser falso, hasta que te das cuenta que no lo es. Así hay muchas cosas más.

¿Qué miedos te siguen perturbando? ¿Qué cosas sigues sintiendo, escuchando o viendo? ¿Qué cosas sigues evitando, distrayéndote, huyendo o corriendo para que no te alcancen?

¡Basta! No más.

¿Qué tal si el objetivo no es correr de ellos?

¿Qué pasaría si te quedaras quieto? Si, totalmente quieto. Sin moverte. Dejar que el grupo te pueda rodear. No buscas correr, huir, taparte los ojos, los oídos o la cara. El miedo se siente. Tiemblas de pavor. No sabes si vas a poder sostenerte en pie de lo mucho que tu cuerpo se estremece.

Respiras. Suspiras. Una y otra vez. Vuelve y respiras. Cada segundo parece eterno, pero a medida que va transcurriendo cada uno de ellos, algo en ti gana fuerza. Algo que no ves, que no sabes de donde proviene, comienza a sentirse en cada parte de tu ser, de tu cuerpo, de tu existencia.

El grupo de las voces, de los demonios que te rodea, te mira detenidamente. Te observa lentamente. Miran a ver si vuelves a hacer lo mismo de siempre: salir corriendo, volver a derrumbarte, a desmayarte, a reducirte, a creer que tus miedos son reales.

Tu quietud los intriga y los desconcierta. No saben qué hacer. Es algo que nunca habían visto de ti. No pueden creer que eres capaz de hacer semejante hazaña. Pero algo en ti dijo que harías algo que jamás habías hecho.

Elegiste la quietud. El silencio. La calma. El mirar fijamente a los ojos, sentir profundamente el sentimiento, escuchar lo que había más allá del ruido. Esta vez tú fuiste el que llevó a todos a otra dimensión. Tu no fuiste el prisionero, el rehén. Todo lo contrario.

Ahora tú fuiste el capitán. Tú elegiste montarte en esa energía de la que provienes, de la que está hecha el Universo y todo lo que habita en él y fuiste el que determinó qué sucedería.

Segundo a segundo, algo comenzó a suceder. El grupo que te rodeaba, el de las voces, los miedos, los demonios, comenzaron a hacer dos cosas: lentamente se alejaban o desaparecían. Unos más rápidos y otros más lentos.

Hasta el momento en que te quedaste solo. No había nada ni nadie a tu alrededor. Algo raro sucedió en ese instante: no te sentiste solo. Al contrario. Te sentiste conectado a algo, a una fuerza. Algo que no tiene descripción pero te produjo una sensación de certeza, de seguridad, de claridad que nunca habías experimentado. Una conexión real, que siempre ha existido, pero nunca te habías dado el permiso de sentirla. Mucho menos, de buscarla.

En ese instante aprendiste una gran lección. No hay que seguir huyendo o corriendo de la persecución. Todo fue un invento de la mente, de tu EGO, para hacerte creer que es la realidad y distraerte de la vida.

Te pregunto. ¿Estás dispuesto a quedarte quieto? ¿Vas a buscar en el silencio las respuestas? ¿Vas a darte el permiso de usar la calma como tu mejor arma? Este puede ser el mejor momento para hacerlo. ¿Qué esperas?

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koala sleeping in the tree
Hay una forma de romper con la persecución.

Jorge Meléndez

Jorge Meléndez, es un Coach Certificado de John Maxwell y tiene un Diplomado de Coaching Ontológico de la UNAM.

Con más de 23 años de experiencia, como generador de abundancia y diseñador de propósitos personales y empresariales, ha logrado que, más de 200 mil personas en más de 30 países del mundo, descubran y alcancen su grandeza a través de talleres y mentorías que cambian la manera de pensar para alcanzar metas y sueños.

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