No conviertas los culpables en tu condena
No podía dejar de mirar el teléfono. Y no me refiero al celular, sino al de tenía en mi departamento. El reloj marcaba casi las diez de la noche. Muy temprano para dormirme, y para colmo de males, demasiado despierto y asustado como para distraerme en otra cosa. Además, como era domingo en la noche, no había nada que hacer en la calle.
Jamás me hubiese imaginado que cinco horas antes, nada de esto estaría pasando. En mi mente, lo tenía «todo fríamente calculado». Estaba por completar un proceso de tres días que no sólo sacudió todo mi SER, sino que alteró el rumbo de mi vida. Faltaban unas horas para cerrar el entrenamiento, cuando la persona que estaba facilitando él mismo se me acercó y me dijo algo que me «sacó de onda» (por no decir que me emputé enormemente).
Para cerrar el entrenamiento, a todos los participantes le pedían que hicieran una lista de 15 personas importantes en su vida. El propósito de la lista era «tener pláticas» responsables con cada una de ellas. Era comenzar a utilizar las herramientas aprendidas en el entrenamiento con las personas que tienen un papel influyente en tu vida. Yo la había hecho tomando en cuenta a mi familia, ex parejas, compañeros de trabajo, amigos y hasta compañeros de la Universidad.
Muchas de las personas en la lista representarían salirme de mi comodidad y abrirme con ellas. Figuras como mi madre, mi padre, hermanos, varias ex parejas, antiguos, amigos, jefes y compañeros, sería abrir una caja de Pandora. No sabía qué les diría o cómo ellas responderían a las mismas. Estaba claro que a varias de ellas las había lastimado, mientras otras habían hecho lo mismo conmigo. El punto era incomodarme y comenzar a relacionarme con la gente en mi vida de otra manera. Ser honesto y auténtico conmigo y los demás.
Lo que me molestó fue que el facilitador del entrenamiento se me acercó y me preguntó: «¿a quién no has incluido en tu lista de 15 personas?» Ya sabía por dónde venía la pregunta. Era retarme a ver si había dejado fuera de la lista «personas que realmente retarían mis miedos, límites y exponerme realmente». Y había una, la madre de mi hijo. Habíamos tenido un divorcio muy contencioso. Al punto de que no podíamos estar a 500 metros el uno del otro. Era exponerme de muchas formas y realmente tomar responsabilidad por haber causado a una persona mucho daño.
Sin pensarlo mucho le dije al entrenador, «las razones» por las cuales no las había incluido en la lista. Y su respuesta fue la que «me sacó todo el enojo» (y miedo de lo más profundo). «¿Qué impacto van a tener esas «razones» en la relación que van a tener crear en algún momento ustedes dos, dado a que tienen un hijo de casi dos años? Si él no gana, ninguno de los dos va a ganar. Cada día que pasa, su vida es la que recibe el impacto de la relación de ustedes dos. Piénsalo». Dió media vuelta y siguió el entrenamiento.
Desde ese momento me paralicé. Celebré con algunas personas al terminar el entrenamiento por un rato. Me fui a mi casa a eso de las casi nueve de la noche. Pero estaba tan inquieto. Por un lado enojado con lo que me había dicho y, por el otro, asustado ya que sabía que tenía la razón y esta era la prueba de valentía, humildad y responsabilidad más grande que tenía en mi vida en ese momento.
Eran las diez en punto cuando tomé la decisión de dar el paso. Me cagaba del susto. Mis manos, mi cuerpo y hasta todo mi SER temblaba. Marqué el número de teléfono que todavía recordaba de memoria que era de la casa donde vivimos juntos por casi cinco años. Luego de sonar un par de veces, ella contestó.
En ese momento le dije que era yo y que podía bien colgar el teléfono, llamar a su abogado y decir que había roto «la distancia que teníamos que respetar los dos». Estaba todo su derecho de hacerlo si lo elegía. Sólo le dije: «no vengo a señalar, criticar, acusar, justificar, discutir, pelear o defenderme. Sólo quiero decir algo que es importante decirte».
Tuve la plática que nunca había tenido con ella en cinco años como matrimonio y casi dos años de pareja antes de eso. Asumí la responsabilidad del daño causado, la manera en que mis actitudes, comportamientos y mi manera de comunicar no habían aportado a la relación. Además, ya que habíamos tomado la determinación de separarnos, no quería que nuestra guerra de ex parejas fuera a afectar más la vida de nuestro hijo en el futuro.
Estuvimos en el teléfono seis horas. Nos escuchamos, nos comunicamos, lloramos, aceptamos y pudimos sanar heridas y cerrar brechas qué podrían afectar esta etapa de padres divorciados de un hijo en común. Yo no podía creer que había tenido la conversación. Mucho menos me imaginaba que tanto la madre de mi hijo, como yo, nos hubiésemos comportado como lo hicimos. Fue la primera de muchas conversaciones que seguirían, pero fue un parte de aguas en la relación entre ambos en ese momento.
Estoy claro que la relación terminó «por mi culpa», si miro la manera en que todo acabó. Pero culpa y responsabilidad no es lo mismo. Una cosa es «saber qué hizo una persona» en un determinado momento e identificarla como culpable de la «reacción, el efecto o la sentencia» por lo que hizo.
Ahora, responsabilidad es mirar varias cosas. Y eso implica a los dos, no sólo al que hizo el acto. ¿De qué manera causé lo que pasó? Como mis actitudes, comportamientos, trato, comentarios, ignorancia, inconsciencia o hasta negación, fueron factores para que las cosas pasaran. Después de que «pasó lo que pasó», ¿cómo has seguido reaccionando por lo sucedido y no has aprendido a responder de una manera diferente?
Una cosa es lo que pasó y la manera en que eliges verlo o interpretarlo. Tú puedes tener la razón toda la vida de que «todo pasó por culpa de la otra persona». Acumular odio, resentimiento, ira, enojo y carga negativa hacia esa persona por años, pero eso no te libera. Al contrario, te condena. No eres libre, no tienes paz y, lo más importante, no tienes tu poder. (Tener la razón no es tener tu poder). El poder lo tiene la otra persona, ya que cada vez que piensas en lo que pasó, automáticamente tu mente, pensamientos, energía y/o sentimientos se inclinan hacia «la culpabilidad».
Ser responsible no es cambiar lo que pasó. Tampoco es condonar las acciones que hizo la otra persona. Es preguntarte honesta y profundamente algo muy simple: ¿quieres tener la razón toda tu vida y seguir cargando esos sentimientos? No puedes borrar, eliminar o negar lo sucedido, sino elegir otra manera de verlo. No por la otra persona, sino por ti. No mereces seguir cargando esos sentimientos, esos pensamientos, esas heridas y, mucho menos, los comportamientos que «ese hecho» sigue despertando en ti. (Tal vez no te has vuelto a entregar, enamorar, confiar, abrirte o simplemente liberarte por eso).
Hace poco leí un libro que dice: «trauma no es lo que pasó, sino lo que pasa en ti después de lo que pasó». El hecho ya sucedió, pero si no trabajas con tu mente, con tus emociones, con tus comportamientos y sanar lo que eso dejó en ti, son muchos los que van a pagar el precio. Y ninguno de ellos merece pagarlos, ya que no tuvieron nada que ver con lo sucedido. Especialmente, tú. Vivir la vida buscando señalar la culpabilidad (o defenderte de ella) puede ser el camino más fácil hacia quedarte en la condena o condenarte a vivir preso de tus creencias, sentimientos o estar a la defensiva toda tu existencia.
No es fácil ser responsable, especialmente en un cultura donde es bien fácil buscar culpables, justificar, ignorar, cancelar, bloquear y evitar «gente que te ha hecho daño, incómoda, difícil, con la que tienes diferencias o conflictos o cuando se fracturan relaciones». Si no trabajamos la responsabilidad y vemos que «los dos juegan un papel en ello», seguiremos haciendo mas pequeño el círculo de gente en nuestra vida y menos aprenderemos a manejar nuestra inteligencia y auto regulación emocional.
¿Qué vas a hacer al respecto?
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Wow nuevamente me quedo convencida que aun hay traumas que sanar en mi y bueno tomo la desicion de seguir trabajando en mi y tener la humildad para reconocer y corregir, perdonarme y perdonar con amor y humildad para seguir liberandome de traumas que no me pertenecen, gracias gracias gracias Jorge.