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Ser Fuerte No Implica Perder Lo Sensible

Ser fuerte no implica perder lo sensible

(Nota: este blog es una reproducción de mi Domingo de Descubrimiento – blog privado que escribo los domingos para los que se suscriben a mi página y es gratis. Este semana se llamó «Cómo mantener la fe cuando todo parece indicar que nada cambiará»).

Se me partía el alma mientras platicaba con esta persona. Fue una sesión de coaching con un ejecutivo de una empresa multinacional. El mismo está radicado en un país donde se vive una situación muy violenta, impredecible y deprimente. Lo triste es que esto ha sido parte de la historia de dicho país por casi un siglo. No voy a revelar el país, ya que no quiero que el foco del lector sea el país, sino lo que deseo exponer que fue el tópico principal de la conversación.

¿Qué haces para motivar o inspirar a la gente, para sacarlas de estar sumidas en la preocupación de lo que se vive en su país, o en su hogar, para que puedan ser lo más productivos y/o sentirse tranquilos posible?

El ejecutivo me enumeró una serie de protocolos de seguridad que tienen para que las personas puedan moverse de su casa al trabajo de la manera más segura posible. También me dijo lo que hacen en sus reuniones semanales que son parte de sus rutinas semanales. Me dijo muchas cosas “que hacen”, pero no me respondía la pregunta.

Aquí fue cuando pude percatarme de algo que le pasa a mucha gente, no sólo a él o los que viven en lugares donde se viven situaciones caóticas y muy peligrosas. 

Se anestesian y protegen ante tanta incertidumbre, dolor e injusticia.

En mis treinta años dentro del mundo del coaching y el crecimiento personal, he visto que esto le sucede a muchos profesionales en diferentes campos, así como a la gente que vive en cierto tipo de entornos. Desde médicos, enfermeras, terapeutas, trabajadores sociales y de la salud, abogados y muchos otros rubros donde laboran directamente con gente que vive situaciones donde se puede ver, sentir y experimentar las desigualdades que vive la condición humana. 

Estás tan y tan sumergido en el entorno en el que te mueves, que llega el momento en que te vuelves inmune a lo que pasa. Parte por auto preservación natural, ya que tu mente está diseñada para protegerte. La otra, porque llega el momento en que comienzas a cuestionarte lo que sigue pasando en el mundo. 

¿Valdrá la pena el esfuerzo que haces para poder apoyar, ayudar o querer contribuir a que por lo menos algo sea mejor de cómo era?

Esto no sólo pasa en el mundo laboral, sino también en el personal. ¿Cuántas veces has querido que un ser querido se aleje de los vicios (o hábitos) que tiene? ¿Quiénes en tu familia, amigos, pareja o hijos ves que sigue repitiendo los mismos patrones y no sabes ya qué hacer? ¿Cómo manejar a otros, cuando en muchas ocasiones no tienes claro cómo manejarte a ti mismo en dicha situación?

En cualquiera de los casos, una de las tendencias es protegerte. Hay muchas variantes. Ya sea anestesiarte, vivir en ansiedad o angustia, distanciarte o desconectarte emocionalmente, etc. Una parte de tu mente te dice, ¿qué mas puedo hacer si ya lo he hecho todo? ¿Cambiará o no cambiará la otra persona? ¿Alejarte o acercarte? ¿Ser permisivo o ser totalmente autoritario o restrictivo? ¿Más condiciones o menos condiciones? ¿Creer o no creer en las promesas que hace (sabiendo que no las va a cumplir)?

Mientras todo esto sucede, comienzas a vivir de manera más reactiva. Estas fuera de tu centro. El protegerte te lleva a estar en alerta en todo momento. La cantidad de energía que utilizas (ya sea mental, emocional, física, energética (hasta económica) y espiritual es enorme. 

Quieres que las cosas cambien o sean diferentes, pero hay una parte de ti que vive anclada en lo que es y lo que tal vez nunca cambie.

Para poder enfrentar el dolor, llega el momento que te vuelves inmune a él. Si no te proteges, ¿cómo vas a ser “fuerte” para el que lo necesita? (O crees que la única manera de atravesar esta situación es ser fuerte).

Por algo dicen que “todo aquel que está al servicio de otros, requiere ser servido. Para poder seguir sirviendo”.

En pocas palabras, por algo un terapeuta va a terapia. Un coach tiene un coach. Así debe ser en el campo de la salud, los que sirven a otros (enfermeras, médicos y profesionales de la salud) deben tener alguien o un espacio para poder soltar, liberar y salirse de la capa protectora en la que terminan cubriéndose por estar tan expuestos al dolor, lo incierto y el riesgo entre la vida y la muerte. Ni decir los que están en el campo de la justicia (desde abogados, jueces, fiscales y personal jurídico) y otros campos que sirven a la gente en necesidad o situaciones delicadas. Y toda persona y ser humano, se merece tener una persona que pueda escucharla, empatizar con ella y poder darle contención cuando sea necesario o sacudirla cuando sea necesario para que despierte.

¿Qué espacio te das tú para liberar, ser escuchado, procesar, atravesar o trabajar con emociones, situaciones, personas o momentos para los que no te preparan?

Nuevamente, aquí es donde mucha gente se dice: “no necesito ayuda. Puedo sol@. ¿Para qué? Si nada va a cambiar. Ya he hecho todo lo que se puede hacer, ya sólo hay que seguir aguantando. Que sea lo que Dios quiera, etc.” (Lo triste de todo esto es que desde la Pandemia para acá la salud mental sigue siendo un foco de atención, cuidado y mantenimiento por todo lo que pasó y sigue atentando contra este aspecto de nuestras vidas).

El amor siempre ganará. El problema es que el amor pasa por momentos donde no se ve, no se aprecia y sólo aparece la oscuridad. Ahí es cuando el que sirve requiere conectarse con una luz. Alguien que pueda ser escucha, espacio, aceptación, empatía, re-conectar con el propósito, liberar, procesar o sanar. Una, todas o varias.

Le volví a preguntar a este ejecutivo la misma pregunta por tercera vez. Su respuesta inicial fue “¿qué me sugieres?”. Ahí le dije: “jamás podría sugerirte nada, ya que nunca he vivido una situación tan extrema como en la que tú estás viviendo. Mi respeto y admiración por estar dispuesto a salir de tu casa cada día para llegar a tu trabajo, sabiendo que tu vida puede estar en peligro. Aun así, lo haces con amor y estás al frente de un grupo de 13 personas que hacen lo mismo. Eso es valor, coraje, valentía”. Al principio se quedó callado, algo sorprendido de lo que escuchaba. Luego de una risa inesperada, aceptó el reconocimiento. 

Le pregunté: 

¿Qué sienten las trece personas que trabajan contigo cada día cuando salen de sus casas?

¿Qué cosas en sus vidas, ya sean pequeñas o significativas, los ayudan a salir de la cama cada día y tener aunque sea un pequeño grado de fe, inspiración o motivación cuando todo parece indicar que nada cambiará?

¿Quién de las personas que tiene a su alrededor cada día (los otros doce) por lo menos los lleva a sonreír? ¿A sentirse agradecidos por su apoyo o ayuda? ¿Por lo menos, aunque sea por un momento, los hacen olvidar de todas sus angustias y preocupaciones y se sienten que están haciendo una pequeña diferencia?”

Ahí la persona se dió cuenta de que para poder motivar o inspirar a las personas en momentos como estos, lo que se requiere es tocar nuestra humanidad. Lo que nos importa. Cuando el futuro no se ve, por lo repetitivo que ha sido el pasado, la única esperanza vive en el presente. Basta en dejar que el miedo siga haciendo presencia de manera silente. Ya sea anestesiando a la gente o de manera progresiva, chupándose el aire, la vida y la energía de los que están haciéndole frente.

No podemos dejar que nuestra misión se convierta en un escudo. No se trata de ser duro, sino de ser fuerte. Se puede ser fuerte y no perder la sensibilidad a la vez. Requiere observación, estar consciente y apelar a lo que somos a fin de cuentas: seres humanos. Usar nuestra humanidad (las historias que vivimos a diario que aveces resultan ser ignoradas o no compartidas) como medio de fortaleza de lo que nos une y no dejar que nos siga separando, apagando o resignando.

¿Qué vas a hacer al respecto?

Cuando todo parece que no cambiará, posees algo que puede elevar tu fe y esperanza: tu humanidad.

Jorge Meléndez

Jorge Meléndez, es un Coach Certificado de John Maxwell y tiene un Diplomado de Coaching Ontológico de la UNAM.

Con más de 23 años de experiencia, como generador de abundancia y diseñador de propósitos personales y empresariales, ha logrado que, más de 200 mil personas en más de 30 países del mundo, descubran y alcancen su grandeza a través de talleres y mentorías que cambian la manera de pensar para alcanzar metas y sueños.

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