¿Qué te separa del amor?
Hoy le escribo a los que no les doy. A los que digo que amo o quiero, pero mis acciones no se dirigen al sentimiento vivo del amor, sino a lo que es un concepto, un recuerdo, una memoria y se queda como un acto acartonado y no una acción enfocada desde un afecto. A los que algún día, o en algún momento, amé con ganas, con fuerza, con actos vivos, con acciones que vibraban desde el afecto.
Los que hoy se han convertido en una especie de colección de fotos, de imágenes que viven en mi mente, en mi corazón, pero donde el genio que vivía en la botella parece haberse esfumado, desaparecido y por más que frote la lámpara no reaparece. Es como una secuela de la película que parece haberse detenido o se mueve tan lenta, que no puedes ver el movimiento.
Me despierto con una pregunta que retumba en todo mi ser.
¿Qué te separa del amor?
Y no me refiero al amor de pareja o el llamado amor romántico, ya que eso puede ser fácil de responder. Me refiero al amor que vive oculto detrás del dolor que guardas. Sí, de las heridas que «supuestamente has sanado», pero todavía vives mirando por encima del hombro del pasado a ver cómo puedes prevenir que no vuelva a suceder.
Ese dolor que «disque no te afecta, pero no das de la misma manera».
Ese dolor que «ya fue lección aprendida, pero no te permites ser persona que quieres y puedes ser».
Ese dolor que por más que lo intelectualices, racionalices, lo entiendas y lo puedas verbalizar, no lo traduces a unas acciones llenas de libertad, claridad, consciencia y sabiduría.
Si, el dolor lo que te separa de dar. De dar en los momentos en que sabes que dar es la única y mejor opción, sin embargo esperas, analizas, razonas…y dejas pasar el momento. Tienes y defiendes las razones, en vez de dejar de razonar y dar irrazonablemente.
Lo que me separa (y nos separa) del amor no es otra cosa que dolor. Anoche escuchaba como un gran coach le decía a un grupo de líderes de la «importancia de sentir el dolor, ya que cuando lo sientes, llegas a un lugar mejor y más grande: el amor». Mucha gente dice, «no quiero volver a sufrir» (sentir y atravesar el dolor), cuando en realidad lo que dicen es «no quiero conocer el amor más profundo y genuino».
Tal vez por algo alguien dijo una vez: «Dejadlos porque no saben lo que hacen».
Hoy, a todos los que hoy no les doy lo que merecen, lo que son, lo que traen y aportan a mi vida, los que son parte indeleble, invaluable, indiscutible y vital de mi vida, les pido perdón. No tiene que ver contigo, nunca lo ha sido. Tiene que ver conmigo, con lo que requiero soltar, atravesar, sentir, aprender y liberar: el dolor.
Es una exoneración. No de lo sucedido. Ya que cada persona es responsable de lo que hace, de lo que vive y de la manera en que elige interpretar lo vivido. La exoneración de pensar que algo has hecho para no merecer mi amor, mi afecto, mi atención, mi generosidad o lo que puedo darte. Eso corre por mí, no por ustedes. Ese es mi trabajo. Cada uno sabrá lo que requiere hacer o trabajar.
Eso tiene que ver conmigo. Con mi ignorancia, mi ingenuidad, mi miedo, mi renuencia a crecer. Hoy miro y acepto que tengo mucho por aprender, caminar, sentir, atravesar y vivir. La más importante es comprender que lo que me separa del amor afecta a todos los que me rodean. Empezando por mí. Por eso el perdón. Nadie ha sido, y nunca será, rehén de nadie, sino de sí mismos.
Hoy trabajo con lo que me separa del amor. El dolor. Hora de volver a mí. Al amor. A la libertad. A mi esencia. A ser.
¿Qué vas a hacer al respecto?

