Lo más importante no siempre son los resultados
Era como si el tiempo no pasara. Todo transcurría muy lento, a paso de tortuga. Por más que buscara cosas para hacer, sentía que nada cambiaba la realidad: estaba haciendo algo que no veía el propósito o cómo podría mejorarse. Claro, estaba agradecido por tener un trabajo y poder ganar dinero, pero la forma en que todo parecía transcurrir, lo hacía no era nada inspirador, movido o inspirador.
El pasar horas sin ver a nadie entrar a la tienda. El no tener nada que hacer ya que todo lo importante lo había hecho en las primeras dos horas de entrada. El problema eran las siguientes seis horas. Y, si era día entre semana, peor. Por lo menos durante los fines de semana, era mucho más intermitente y la llegada de clientes era mas frecuente.
Parecía que mientras más me esforzara por querer mejorar las cosas, nada parecía cambiar.
Hasta que un día una persona llegó a la tienda. Alguien que yo conocía, pero no había visto en mucho tiempo. Era la primera vez que visitaba la tienda en la trabajaba. Como vendían ropa, artículos y efectos deportivos, pensaba que estaba buscando algo para comprarse. No, para nada, la persona sólo pasaba por la avenida y me vió sentado. Y lo que me dijo, me dejó boquiabierto.
«Todos los días paso por en frente de esta tienda y hace como un mes que me di cuenta de trabajabas aquí. Cada vez que pasaba, como en las tardes suele haber tráfico, me detengo y observo. Noto que siempre estás haciendo algo diferente. Muchas veces veo la tienda sin clientes, pero noto que haces algo para mover la energía del lugar. Ya sea mover cosas de sitio, colocar ciertos objetos o cosas en lugares visibles o hasta cómo mueves ciertos letreros o carteles para llamar la atención».
Me quedé en shock. No podía creer que alguien se fijara en eso. Personas que iban a la tienda con frecuencia no lo veían; por lo menos no lo comentaban. Y una persona, que por lo menos en los meses que llevaba trabajando a tiempo completo en esta tienda, no había puesto pie en ella, estaba reconociendo cosas que estaba haciendo. ¡No podía creerlo! Alguien valoraba mis acciones.
¿Te ha pasado alguna vez que te has comprometido a hacer algo, particularmente en el plano personal (como cambiar ciertas actitudes, comportamientos o hábitos) y parece que nada se ha movido o cambiado? Te esfuerzas, le metes energía, dedicación y seriedad, pero todo parece que luce o sigue igual. Hasta que algo pasa y resulta ser que no es lo que pensabas.
Puedes ser enfocarte en cambiar tu temperamento, enfocarte en el ejercicio, ser disciplinado en tu alimentación o relajarte y no tomar las cosas tan en serio (o con ese nivel de perfeccionismo o exigencia sin margen a equivocarte). Y por estar tan enfocado en el resultado o en la manera en que deberían verse las cosas, no aprecias lo más importante. El Progreso.
Ayer platicaba con una persona a la que le doy coaching. Una mujer que ha dado extraordinarios saltos en todos los aspectos de su vida en los pasados dos años. Enfocada en trabajar en todas las áreas de su vida de manera dedicada, disciplinada y con un gran nivel de compromiso. Y no sólo se nota, sino que la gente a su alrededor lo ve y la reconoce. El problema es que hay veces que no lo cree, no lo recibe o lo invalida. No se trata de ser perfecto, sino de progresar y/o mejorar cada día.
En los pasados meses he visto cómo su vida se ha elevado a otro nivel. Me consta que ha tenido que encarar desafíos y retos muy incómodos, así como reveladores y, en algunos casos, dolorosos. Y como todos, entra en sus etapas donde se juzga, evalúa y califica sus acciones más por lo que «debería estar pasando» en vez de apreciar y reconocer el progreso que sigue obteniendo.
Ayer llegó a la sesión con cara de enojo, incomodidad y de «¿qué hago aquí?». No es la primera, ni será la última persona, que llega a un sesión de coaching, terapia o seguimiento, sin tener ganas de estar ahí. Es como si hubiese querido cancelar la misma para no hablar, evitar o simplemente querer esconderse debajo de una piedra. (Lo mismo que pasa cuando no quieres hacer ejercicio, tener una conversación incómoda, completar una tarea, o ir a algún lugar – fiesta, paseo, visita – que crees que no valdrá la pena hacer.
De la misma manera en que esa persona que nunca había pisado la tienda donde trabajaba en ese momento (tenía 16 años en aquel entonces) y se detuvo para reconocer «el progreso» que nadie veía o apreciaba, hice exactamente lo mismo. Pude escuchar que en las dos semanas desde que tuvimos nuestra última sesión, «había dado grandes pasos de progreso en todo lo que venía trabajando». Claro que todo el mundo quiere resultados, y para eso somos contratados los coaches, pero si no nos detenemos a apreciar y reconocer el progreso (mantener el compromiso hacia el proceso de crecimiento), no vamos a llegar al resultado deseado.
Hay momentos en la vida que el mejor resultado es seguir enfocado en el proceso y apreciar los pequeños pasos que se van dando en el camino. Eso se llama progreso. Puede ser el desarrollo de tus habilidades, la auto regulación de emociones, el manejo de tus relaciones, la persistencia, enfrentar miedos, elevar tu nivel de compromiso o simplemente no prestar atención a las voces que te dicen «no puedes» (internas y/o externas).
El hecho es que esta persona no había visto que sus resultados no eran meramente las metas que tenía definidas para el mes, el semestre o él año. Sus resultados habían sido las situaciones que enfrentó en su vida, la manera en que las enfrentó, y no perdió su foco. Esas mejoras, progreso o crecimiento que muchas veces no vemos, apreciamos o reconocemos, pero se nota cuándo lo enfrentas. Por eso sólo le dije: «¡BRAVO!» «De eso es de lo que se trata el proceso, progresar en los momentos en que más cuenta, no sólo para lo que queremos lograr».
¿Qué vas a hacer al respecto?

