Hora de forjar el hierro
¡Feliz Día de los Tres Reyes Magos!
No hay nada mas atemorizante que iniciar un año nuevo con miedo. ¿Porqué? Saber que a finales del año pasado, hace poco mas de una semana, declaraste una serie de metas y compromisos y ya esta por completarse la primera semana del año. No se trata de haber logrado nada en este momento, pero haber dado los pasos pertinentes para que no sea «otra resolución de año viejo».
¿Cómo ha iniciado el año para ti? Es mi primer blog formal en lo que va del 2026. He tenido varios días para reflexionar y darle dirección a lo que es mi intención para el año. No se los voy a negar, ha sido un inicio de año con varios retos. En particular, enfrentar los miedos de aprender varias cosas nuevas (que llevo años haciendo de una manera) y sentir la inseguridad de enfrentar lo incierto como un principiante. No ha sido fácil.
Sentir en el estómago las maripositas de «esto es algo nuevo, que no dominas y que no puedes controlar lo que vaya a pasar», ha sido como una dicotomía. Por un lado era de esperarse y, por el otro, hacía rato que no las tenía tan presentes. Trabajar con una mentalidad de crecimiento puede ser atemorizante por momentos. Tomar las acciones requeridas para dar un paso de progreso no siempre viene con la confianza o seguridad que quisiera.
¿Qué meta o compromiso declaraste para el 2026 que requiera de ti enfrentar y/o atravesar algunos de tus miedos o barreras que no te han permitido ser tu mejor versión? De no haberla declarado aún, estás a tiempo de retarte para que este año no se vaya en automático. Si ya declaraste una meta u objetivo, puedes estar en una de dos etapas: no has tomado una acción clara hasta el momento o ya estás en acción comprometida al respecto.
Si estás en la etapa de «todavía no has empezado», valdría la pena preguntarte algo simple. ¿Ya tienes claro tu plan de acción o por lo menos los primeros tres pasos a dar (vital saber el qué y el cuándo vas a dar cada uno)? Para los que están en acción, primero te felicito. Estar en acción es primordial. Ninguna meta se logra sin tomar algún tipo de acción.
Ahora, ¿estas acciones que ya estás tomando están tocando tu incomodidad? Y no me refiero al sentirte inquieto de saber que vas a tener que hacer algo que «te incomoda, no te gusta, no te agrada o no quieres hacer por voluntad propia». Eso es la incomodidad o el disturbio mental que antecede el cambio. Mejor dicho, eso es sólo el miedo que ya habita en ti de saber qué vas a salirte de la comodidad, lo familiar o lo predecible.
La incomodidad tiene dos etapas. Primero, haber dado el paso de hacer una declaración, un nuevo compromiso y empezar a aprender eso qué reta «lo que ya sabes o cómo lo has venido haciendo». Te comparto un ejemplo personal. Uno de mis compromisos más grandes para este nuevo año era «redefinir, rediseñar y redireccionar mi intención como servidor en el mundo del desarrollo personal y de consciencia». Eso implica aprender de cero muchos de los entrenamientos, talleres, creación de contenido y la manera en que brindo mis servicios como coach, consultor y mucho más.
Aquí es cuando viene la segunda parte de la incomodidad. Eso ha implicado estar presente en diferentes espacios de aprendizaje desde finales del año pasado y principios de este. Pero el conocimiento sólo podrá llevarnos (a ti, a mí y a todos) hasta donde la mente nos lo permita. Podemos estar en muchos talleres, diplomados, leer libros, ver videos o escuchar audios, pero si no educamos a la mente a realmente internalizar este conocimiento y aplicarlo de manera diferente, no servirá de mucho.
Se gana conocimientos, pero la intención de aplicarla en lo que mas queremos se queda corta. Sigue vivo el apego por lo familiar, lo conocido. Ahí no tiene mucho que ver con ella, sino con la mentalidad y la disponibilidad (y disposición) de hacer algo al respecto. En ese momento van a aparecer los miedos. Las voces internas que te dicen: «¿para qué?, «si no está roto para qué arreglarlo, lo has hecho cientos de veces bien, ¿para qué a estas alturas quieres inventar la rueda?, ¿y si no funciona?», etc.
Después viene la parte desafiante. El exponerte. Ser vulnerable. Pedir apoyo. Practicar. Sentirte como un principiante. Ser humilde, paciente, empatizar y comprender que estás en un proceso. No esperar la perfección, él no equivocarte, preguntar una y mil veces como se hace o qué se hace y, aunque no nos guste: «parecer un niño que entra a primaria o comienza a correr bicicleta por primera vez». Aquí es donde se pone a prueba la relación que tienes con el fracaso. Estar dispuesto a intentarlo las veces que sea, hasta que lo dominas y creces. Aquí es donde se forja el hierro.
Esa es la verdadera incomodidad. ¡Y cómo cuesta! Si les dijera la cantidad de veces que le he dicho a mi pareja «lo asustado que estoy», «el miedo que he sentido», «las inseguridades que he sentido», «lo frustrado o impotente que me he sentido», etc., no terminaría en este espacio. Y ahí me acuerdo de algo que aprendí hace poco.
Cuando las voces en tu cabeza te comiencen a atacar, decirte cosas y nublar tu claridad mental, hazte tres preguntas. ¿Es noble o gentil lo que me dicen esas voces? ¿Es cierto? ¿Aporta valor o contribuye a mi vida lo que escucho? Si la respuesta es NO a cualquiera de las tres, no le hagas caso.
Este es el momento de hablarte de manera gentil. ¡Creo en mí y en mi capacidad de ir por mis sueños! De reconocer lo que realmente es cierto. ¡Estoy creciendo y nunca es tarde de aprender! ¡El Universo conspira a favor de los que sueñan! Enfocarte en tu propósito. ¡Este miedo estoy en proceso de convertirlo en valentía! ¡Estoy claro que mi visión es servir y apoyar a los seres humanos a crear su mejor versión! ¿Cómo vas a responder tú a estas tres preguntas cuando las voces comiencen a meterse en el medio de tu crecimiento y tu compromiso a ser tu mejor versión?
¿Qué vas a hacer al respecto?

