El llamado de tu humanidad
Sentía el pánico. El miedo. La incertidumbre. No sabía que me preocupaba más. Vivir con el temor de que me enfermara con algo que nadie sabía realmente «lo que era». No volver a ver a mi familia, especialmente mi papá. Para colmo de males, saber que lo había perdido todo. Mi departamento, mi carro, mis ingresos, mi relación de pareja y no tener a nadie que conociera cerca de mí. Una cosa es sentirse solo y, otra, aislado y no poder moverte a estar cerca de los tuyos. Así fue ese segundo año de la pandemia en mi vida (2021).
La impotencia y la soledad me generaban mucho dolor. Pero no podía quedarme cruzado de brazos o cogerme pena o lástima en ese momento. Era el momento de hacer algo que me incomodaba hacer. Pedir apoyo. Decirle a las personas de mi círculo cercano lo que estaba pasando conmigo, pedir y ver si podían asistirme en ese momento.
Ya conocía ese sentimiento. Lo había sentido y vivido por lo menos dos veces anteriormente. La primera, cuando tuve que volver a vivir en la casa de mis padres a los treinta y pico de años por unos tres meses. Otra, cuando un negocio que decidí comenzar (un periódico de Metafísica). Perdí mas de 280 mil dólares a los casi 40 años. Un grupo de familiares/amigos me apoyaron a salir del gran hoyo en el que estaba.
De eso quiero hablarte hoy. Es un tema que todos vivimos, pero pocos afrontamos de manera diferente. En la superficie parece que te vengo a hablar de «pedir apoyo», aunque en la realidad es de algo mucho más profundo que eso.
«Cierta dureza que no alcanzamos a ver, rígida y fría, comienza a formarse entre nosotros y el mundo, mientras más permanecemos en silencio sobre lo que necesitamos. Ni siquiera se trata de obtener lo que necesitamos, sino de admitir, particularmente ante nosotros mismos, que tenemos necesidades».
«Pedir apoyo o ayuda, indistintamente si la recibimos o no, rompe esa dureza que se forma con el mundo. Paradójicamente, pedir por aquellas cosas que nadie puede darnos, nos aliviana y bendice por el simple hecho de pedir. Mostrar nuestra humanidad permite que nuestra alma rompe la superficie, de la misma manera en que un delfín sale del agua para alcanzar el sol», escribe Mark Nepo en su libro de lecciones diarias «El Libro del Despertar».
Esta lección del libro la leí esta mañana y me inspiró a escribir estas líneas. Primero, por recordarme mi humanidad y las veces que pedí ayuda, aunque en realidad era una forma de reconocer que «tengo necesidades». El pedir apoyo me enseñó mucho. Aprender el valor de ser humilde, de reconocer, de saber que no soy perfecto. Detrás de todo lo que hago (o pueda lograr), hay espacios que sólo serán llenados por la manera en que me humanice y me acerque al mundo.
Somos parte de una sociedad que se ha construido en la sociedad a base de la competencia (yo soy mejor o debo tener más), el cumplimiento (lo que se supone que hagas, tengas o logres), la imagen (el perfeccionismo o no poder equivocarte) y la invulnerabilidad (no mostrar lo que sientes o piensas). No es de extrañar que cargamos una serie de creencias con respecto a «pedir apoyo». Vivimos queriendo demostrar que «yo puedo», «no necesito a nadie», «puedo hacerlo solo», «no quiero mostrar que soy débil o incapaz», «por mi orgullo, soberbia o arrogancia, disfrazado de pena, no puedo pedir», «van a creer que soy menos», «no quiero deberle nada a nadie», etc.
Es por eso que nos refugiamos en tantas cosas. El trabajo, la religión, la pareja, los hijos o algún tipo de estímulo para que nos «llene lo que nunca podría ser llenado». Ahí es donde el foco puede ser tu humanidad. Sí, mirar esas partes de ti que has querido, y sigues insistiendo, en hacerlo «sólo», «a tu manera» o «de la misma forma». Por algo dicen que «no somos perfectos, pero sí somos perfectamente imperfectos tal como somos» y más, cuando reconocemos que «nos equivocamos, que nos caemos, que nos vamos a caer, que soy humano».
«Una de las barreras más dolorosas que podemos experimentar es la sensación de aislamiento que se reproduce en el mundo moderno. Esta se puede romper solamente con nuestra voluntad de ser sostenidos y por la callada valentía de permitirnos mostrar nuestras vulnerabilidades. De la misma manera en que el agua puede llenar un hoyo, la luz puede llenar lo que antes estaba oscuro, la bondad abraza todo aquello que es suave, si lo suave se permite ser visto», agrega Nepo en su lección.
«El admitir que sí tenemos necesidades, pedir apoyo, permitirnos mostrar nuestra suavidad – son oraciones sin palabras que amigos, extraños, el viento y el tiempo puedan abrazar de alguna manera. Permitirnos ser sostenidos es como volver al útero (de donde todos venimos).
Al final del día, mientras más nos paramos en nuestra testarudez, necedad, rigidez o apego de adulto, mas le negamos al niño y al ser humano que vive dentro de cada uno de nosotros, que tenga una experiencia que trascienda nuestra humanidad. Tal vez estás aquí en este hermoso planeta para algo mucho más de lo que crees, piensas, te enseñaron o eres capaz de imaginar.
¿Qué vas a hacer al respecto?

