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Cuando El Protector Se Convierte En El Prisionero

Cuando el protector se convierte en el prisionero

Uno a uno. A veces, poco a poco. En otras ocasiones, de golpe. Por momentos de manera fluida y, en otras, con una resistencia que jamás pensaste que tenías. Te puedes encontrar de cara con la tristeza, el dolor, en ocasiones la alegría, el desconcierto, la melancolía y, cuando menos lo pensabas, aparece la pena o vergüenza. Ni decir el abandono, el desprecio, la indiferencia, la crítica, la comparación o el juicio.

Así es el proceso de darte cuenta cuando los llamados mecanismos de defensa que tienes (los que todos tenemos). El dilema es que ya no te funcionan para lo que más quieres. No quiere decir que dejaron de servir. Sólo que para donde hoy quieres llevar tu vida, no funcionan. Este momento pide que sueltes lo que te sirvió para protegerte para llegar a él. A partir de este momento no funciona para donde quieres llegar.

Ayer platicaba con una persona en una sesión de coaching donde hablaba de las muchas cosas que «tiene que hacer» todos los días. La manera en que su vida, entre trabajo, cuidar su hija, familia y las muchas cosas que lleva a cabo, «vive una vida en la que se siente atrapada» y lo que realmente quisiera es una especie de «deseo o sueño inalcanzable». En su programación mental tiene insertada la interpretación de que «la vida tiene una serie de expectativas de tus comportamientos, expectativas y normas». Y, lo triste, es que no fueron ni creadas o elegidas por ella, sino por la cultura.

Estoy leyendo un libro extraordinario, escrito por el Dr. Gabor Maté, llamado «El mito de la normalidad: trauma, enfermedad y sanar en una cultura tóxica». En uno de sus capítulos donde habla de «la manera en que nuestra cultura se ha convertido en una especie de plantilla de estrés que forma nuestro carácter». Dice que hay tres características que muestran la manera en que nuestra cultura ha deformado nuestro carácter. La primera es: «separarnos o desconectarnos de nuestro ser».

«Muchas de las características de nuestra personalidad se han basado excesivamente con aspectos impuestos por la sociedad. Tales como «lo que debes, tienes que, las obligaciones y lo que se espera que hagas, tengas o logres», al punto que genera niveles de estrés, ansiedad, agotamiento, cansancio, fatiga, frustración, resignación o la creencia de «no ser suficiente», que lleva a la persona a no sólo negarse sus propias necesidades, sino que pone en juego su salud y bienestar.

No podemos cambiar el espacio en el que nos movemos como cultura o sociedad, pero sí «podemos elegir la manera en que queremos verlos, interpretarlos y responder a ellos». No es fácil, ya que requiere trabajar con la mente, la programación, el lenguaje y enfocarte en ti para hacerlo. Y no me refiero en el «yo» del ego, sino en el ser humano. La manera en que piensas, te mueves y la experiencia que te produce vivir la manera en que vives. Puedes verte como el resultado de lo que pasa (víctima) o puedes verte como la «causa» (el que crea su propia experiencia; responsable).

Todo el trabajo de crecimiento personal o desarrollo de consciencia, tarde o temprano, pasa por las raíces. El origen, de donde proviene todo. Trabajar con esa base, de donde nacen la inmensa mayoría de las creencias, premisas y conceptos que son los filtros por los que ves e interpretas el mundo, no ocurre en un día. No se trata del tiempo, sino de la persistencia y la consistencia. No dejar que las distracciones (que son muchas) detengan el curso de tu viaje. Al final de todo, no se trata de sanar. Sino de algo mucho más grande.

Quién eres en realidad. Esa persona que existe, o mejor dicho se quedó, cuando comenzó su proceso de protegerse de lo que atentaba contra su seguridad o su bienestar. Ese niño o niña que quería y/o requería de algo muy en particular. Esas carencias de afecto que pasan a una caja fuerte donde nadie entra. Pero, tristemente, nada sale.

Nace la coraza, la armadura, el caparazón…el caballero de la armadura oxidada. Cualquier parecido con un cuento que hayas leído, no es pura coincidencia. Es un reflejo de la realidad. Por algo dicen que la escritura de la ficción es tan poderosa, ya que muestra y dice lo que muchas veces pasa en la realidad, pero no se dice. Se lee mejor y suele ser recibida (e internalizada).

«Hemos perdido nuestra capacidad para ser auténticos, lo que fundamentalmente nos hace humanos. Lo que nos lleva a sentirnos conectados con otros», agrega Maté en su libro. Al perder nuestra habilidad, y parte de nuestra esencia como ser humano, de ser vulnerables, pasamos de un espectro al otro. Queremos mostrarnos invencibles, impenetrables o «resistentes», cuando en realidad somos niños asustados que no hemos acabado de madurar emocionalmente por no querer exponernos al mundo. Lo que bien es la oportunidad de realmente desarrollar la «resiliencia».

Todos los mamíferos crecen por su exposición a la vulnerabilidad. Desde niños hasta adultos. Parece que los humanos queremos crecer sin pasar por ello. No queremos equivocarnos, hacer la pregunta equivocada, hacer el comentario que se puedan burlar de ti, explorar nuevas opciones que te lleven a salirte de tus normas (que ni son tuyas, sino impuestas y las has convertido en una especie de prisión), expandir tu curiosidad o imaginación.

Queremos que una app lo resuelva. Pensar lo menos posible. Que nos den la forma, los pasos, la estructura y no desarrollar pensamiento crítico. Cada vez menos relación con el mundo externo y más detrás de una pantalla. Deseamos el éxito, pero no queremos desarrollar las habilidades que son parte de la humanidad: socializar, relacionarse. ¿Cómo era tu niñez (especialmente para los que tienen más de 40 o 50 años)? Era una comunidad donde los niños jugaban en la calle, en la escuela y había un nivel de interacción necesaria para aprender a manejar conflictos, diferencias y ver que lo incierto no era una amenaza, sino parte de la existencia humana.

¡Hasta queremos saber qué va a pasar ante lo incierto! Cuando parte de la vida es aceptar que es un misterio. Pero como todo lo que nos rodea ofrece tantas respuestas, qué debemos hacer y hasta nos dicen «como se debe pensar». Cuando llega lo que «no sabes lo que va a pasar, no lo puedes controlar o lo que es tomar riesgos como hace todo mamífero», te niegas, lo resistes o huyes. Eso ahora produce estrés, ansiedad, depresión y otros desórdenes. Cuando en realidad lo que nos está diciendo es que «hay áreas y espacios para crecer y madurar».

Eso sí, va a requerir de ti empezar a cuestionar tus premisas, tus creencias y, especialmente tus mecanismo de defensa. Mientras más te aferres a ellos, sigues posponiendo dos cosas: crecer y conocer quien en realidad eres. ¿Qué tal si lo que crees que es no es? Quizás tu mapa de referencia ya no te sirve para el territorio en el que estás o vas a entrar. El no querer enfrentar esto, sólo te conducirá a seguir encerrado y perder la oportunidad de conocer el regalo más grande que tienes. Tú.

¿Qué vas a hacer al respecto?

Lo que un día te sirvió para protegerte hoy puede ser lo que te mantiene en tu propia prisión.

Jorge Meléndez

Jorge Meléndez, es un Coach Certificado de John Maxwell y tiene un Diplomado de Coaching Ontológico de la UNAM.

Con más de 23 años de experiencia, como generador de abundancia y diseñador de propósitos personales y empresariales, ha logrado que, más de 200 mil personas en más de 30 países del mundo, descubran y alcancen su grandeza a través de talleres y mentorías que cambian la manera de pensar para alcanzar metas y sueños.

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