Los hilos invisibles que matan tu libertad
No escuchar. Reaccionar. Querer tener la razón. Controlar. Hacer las cosas a mi manera o de una manera. Evitar los conflictos. Tener una excusa. La lista era interminable. Y eso, la aplicaba en todos los aspectos de mi vida.
Apegos. Tenía muchos (y todavía me quedan algunos). Son convenientes. Me mantenían cómodo, pero no sabía el daño que me estaban haciendo mientras más me aferraba a ellos. Hasta que alguien me dejó saber de forma clara y precisa, lo que pasaba conmigo y con la otra persona con mi comportamiento.
«Pensamiento basado o generado desde el miedo donde crees que si no tienes, obtienes o retienes una persona, relación, objeto o logro, te sientes incompleto. Eso te lleva a sentirte ansioso por tenerlo o por perderlo. Si no lo obtienes sufres y aún cuando lo obtienes, vives con el miedo a perderlo». Esa podría ser la definición de lo que es un «apego».
Tú no naces con un apego, aprendes a incorporarlo a tu manera de pensar porque en alguna parte del camino te compraste la idea o cuento que «algo te falta». Ese «algo» puede ser una pareja, un objeto (dinero, trabajo etc.), guardar una imagen, reprimirte, callar las cosas por temor, quedarte en un tipo de relación, vivir con cierto tipo de expectativa, comportarte de una manera, mostrar cierto tipo de actitudes, decir o hacer ciertas cosas o no hacerlas. Todo nace desde el temor y con un sólo objetivo: protegerte y no exponerte.
Un apego produce en ti un sentido de dar o complacer, de hacer demás (muchas veces por miedo o desesperación), no hacer (temor a perder o no querer enfrentar las consecuencias), seguir permitiendo o de entrar en negación de lo que realmente está pasando.
¿Qué hacer con ellos? Enfrentarlos. Soltarlos.
¿Cómo hacerlo? En las palabras de un gran maestro espiritual, llamado Anthony DeMello. Imagina que estás frente a esa persona que no sabes cómo soltar el apego que tienes, frente a ese objeto que no quieres desprenderte de ello o eso que crees que «necesitas» tener para sentirte completo, lleno o valioso y le dices lo siguiente: «Te libero para que seas libre, para que seas quién (o qué) requieras ser, para que pienses tu pensamientos, que hagas lo que tus deseos te dicen que hagas, te comportas como quieras y hagas todo aquello que consideras que es lo que quieres».
En el momento en que digas eso vas a sentir dos cosas: tu corazón se resistirá a decirlo y quedarás expuesto como el apegado, el manipulador o extorsionador que eres. Ahí requieres mirar las falsas creencias a las que te aferras de esa persona, objeto, cosas o situación.
La segunda es que tu corazón sentirá la profundidad, sinceridad y en ese instante todo el control, ansiedad, manipulación, explotación (tuya o del otro), posesividad, celos, inseguridad o miedo se caerán y dejarán de tener el poder que le has dado y comenzarás a sentir que puedes elegir cómo quieres vivir y a qué le das tu poder. Aquí la oportunidad de que no sea a un apego, que no es más que una creencia falsa y no representa quien eres tú.
¿Qué vas a hacer al respecto?

