Nada como recibir sorpresas inesperadas en la vida. Mejor cuando esos regalos vienen con lecciones de vida en ellas.
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Sorpresas Que Aleccionan

Sorpresas que aleccionan

En los pasados días recibí un par de mensajes que no esperaba recibir. Dos personas que han sido importantes en diferentes aspectos de mi vida sacaron de su tiempo para escribirme sobre dos cosas que nos vinculan. Una amiga de la infancia me escribió para decirme que estaba ahí para escucharme y apoyarme como mejor pudiera hacerlo. Otra, con quién di unos pasos muy importantes en mi carrera como coach, me escribía para sanar un conflicto que habíamos tenido que nos distanció y afectó nuestra amistad.

No sólo fueron lindas sorpresas, sino que me sirvieron de lección para aprender algo importante. Una importante distinción. Una cosa es volverte indiferente a algo por querer tener la razón. Otra cosa es dejar que algo se asiente en tu vida y permitir que florezca a su propio ritmo. ¿Qué quiero decir con esto?

No sé si han fijado, pero un tema recurrente en las series de televisión, Netflix o hasta en el cine hoy día, es la manera en que los escritores o guionistas de Hollywood usan el sentimiento de la indiferencia. Es una especie de congelador emocional, donde con el paso del tiempo, da pie a que las personas puedan convertirlo en revancha, desquite, o justificación para darse licencia para hacer lo que quieran.

Hay personajes, tramas o historias donde el escritor usa esa indiferencia para convertirlo en orgullo solapado de arrogancia, prepotencia y resentimiento, para justificar las acciones que toma. Desde atacar, cancelar, juzgar, exponer y hasta dañar a una persona. En cualquier sentido. Hay personas que están dispuestas a ir a la cárcel o pagar el precio de perder su vida por ello. Algunas hasta llegan a matar y se van felices a la cárcel con el sólo hecho de «hacer su propia versión de la justicia».

¿Qué tiene que ver esto con lo que te comparto?

De alguna manera lo que vemos en la pantalla es un reflejo de lo que vivimos, de lo que somos o de lo que no mostramos pero vive dentro de cada uno de nosotros. ¿Cuántas veces has permitido que el orgullo te gane en vez de dejar salir tu humildad o tu humanidad? ¿Cómo es mejor encontrar razones para señalar, culpar, atacar o hasta juzgar a otro y no mirarte a ti mismo para encontrar la manera en que eres responsable de lo que pasa o vives? Yo le he hecho.

En el caso de mi amiga que me escribió para sanar nuestra relación por un conflicto que tuvimos hace años. El problema no fue tanto lo que pasó, sino cómo cada uno quiso verlo. Yo no podía cambiar a mi amiga y hacerla entrar en razón de lo que hacía en ese instante. Especialmente de la manera en que lo estaba haciendo. Ella no podía convencerme de lo que deseaba hacer, ya que no lo hacía desde lo que yo entendía que era «una propuesta transparente y honesta». Eso llevó a que el conflicto se escalara y nos distanciáramos.

Ese distanciamiento llevó a que naciera una indiferencia entre ambos. Ella lo mostraba por su lado y a su manera. Yo lo mostraba por mi lado y de otra manera. Los dos teníamos la razón. Y los dos terminamos perdiendo. Ya lo que pasó no importa, sino lo que aprendimos. Su mensaje fue más un acto de realmente sanar su manera de ver las cosas y darme el espacio emocional de que yo vea el mío. Eso nada más hizo que ella mensaje llegara al corazón, tuviera una resonancia auténtica en mí y me llevara a hacer lo mismo. Le agradezco la lección.

Dejar que las cosas se asienten

Una de las cosas que más que ha costado a lo largo de mi vida es el querer resolver las cosas de una vez y por todas en el acto. Sí, hay momentos, situaciones o aspectos de la vida o el trabajo que requieren eso: solución, claridad o respuesta rápida. Hay situaciones en las que no. En muchos momentos de la vida he permitido que mi impaciencia, la desesperación, el miedo, el querer tener control o apegarme a un resultado, me ha llevado a no permitir que la situación, el momento o la persona, pueda tener el espacio mental, emocional o hasta espiritual para poder responder como mejor le parece. llevo unos 5/6 años poniendo esto en práctica.

De las cosas que más me he privado de aprender de estas situaciones, es a recibir. Sí, recibir. Por querer solucionar, resolver, demostrar que puedo o hacer lo que entiendo que es lo más inteligente, racional o lógico, no me he permitido «dejarme apoyar o recibir lo que otros pueden darme». El mundo va a dar lo que puede dar, en el momento en el que puede (y quiere) darlo. No cuando yo quiera o de la manera en que me parece que debe hacerlo.

Por eso el mensaje de una querida amiga de la infancia me llegó al corazón. Yo se que ella siempre ha estado presente de alguna manera. Sigue conectada a mi familia y desde su corazón quiere dar lo que puede y de la manera en que puede, no importa si yo estoy en México y ella en Puerto Rico. En ese momento la distancia desapareció y la conexión se hizo presente. Es por eso que en ciertos momentos lo mejor que podemos hacer es dejar que las cosas se asienten, que los demás puedan respirar y encontrar su manera y su momento de dar lo que puedan (y quieran) dar. Gracias a estas dos mujeres que hoy me permiten aprender estas dos lecciones.

Las sorpresas son un regalo y mas cuando vienen con lecciones de vida en ellas.

Jorge Meléndez

Jorge Meléndez, es un Coach Certificado de John Maxwell y tiene un Diplomado de Coaching Ontológico de la UNAM.

Con más de 23 años de experiencia, como generador de abundancia y diseñador de propósitos personales y empresariales, ha logrado que, más de 200 mil personas en más de 30 países del mundo, descubran y alcancen su grandeza a través de talleres y mentorías que cambian la manera de pensar para alcanzar metas y sueños.

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