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La Mascarilla

La mascarilla

La mascarilla es como un brasier apretao. La pandemia protagonizada por el COVID-19 nos tomó desprevenidos y nos tiró a todos al piso. Jamás imaginamos vivir algo así, jamás. Es más, ni siquiera en esas pesadillas apocalípticas que revuelcan nuestro sueño o en esas peliculitas de terror que nos atacan mentalmente. La mascarilla se ha alzado como la heroína, la salvadora, el arma con que nos toca defendernos en estos tiempos extraños, la herramienta primaria para quien quiere vivir. Para nada le resto sus méritos. Pero se siente como un brasier apretao, bien apretao.

A principios del 2020 compré la N95, el Cadillac de las mascarillas. El Cadillac suena al año de las guácaras, digamos que el último modelo Mercedes Benz o la magnífica Land Rover. La compré por recomendación y machaca de la actriz y amiga Marilyn Pupo, quien formaba parte del grupo con el que viajaríamos a Turquía y a Ámsterdam en el mes de marzo. Un viaje largo, soñado y ansiado que se nos ha quedado en el tintero de los deseos. 

Cómprate esa mascarilla que vamos a tomar muchos aviones, tendremos muchas horas de vuelo y uno no sabe si en uno de esos alguien anda enfermo —me dijo.

Rauda y veloz —porque para las compras soy débil y facilita— entré a Amazon y compré una caja de diez N95 marca 3M. Las cocorocas. Pensé: “Necesitamos cuatro para Noro y para mí, ida y vuelta… nos llevamos otras cuatro por si acaso alguien del grupo necesita una… y pues, dejamos dos acá para cuando nos toque hacer uno de esos reperperos que levantan pintura, polvo o los dos”. 

Ya en febrero supimos que el viaje sería imposible. Me metí de cabeza en Google —esa catedral de información y datos— a leer cuanto artículo encontré sobre el COVID-19, alias Coronavirus; hijo del SARS que azotó hace años el lado Oriental del planeta. ¡Un horror!

En adelante le seguí el paso; atenta a su crecimiento, a su evolución, a su traslado de una ciudad a otra, de un país a otro, de un continente a otro y lo que es peor, de un cuerpo a otro. Estrésica, escuátrica y escínquica abracé todas las instrucciones para pelear contra el perverso microorganismo. Y por supuesto, me metí en la cabeza la idea de que al salir tendría que hacerlo utilizando una mascarilla. O sea, enmascarillada.

Al mes del encierro fue necesario ir a una de esas mega tiendas en busca de los productos que ya escaseaban en nuestra alacena. Llegué con actitud de guerrera, dispuesta a protagonizar una lucha libre internacional, de ser necesario en fango, con tal de agarrar las cajas de agua, las verduras, carnes, frutas y huevos para la canasta familiar, para la pirámide alimenticia. En mi mente llevaba varias estrategias para lograr apretar el mango de un par de galones de desinfectante. Además, estaba dispuesta a pelear por el producto más buscado, el más necesario, el más codiciado: el papel de baño. Me sentía capaz de espetarle las uñas y los dientes a la envoltura de plástico y revolcarme en el piso aferrada a ese paquete grande y gordo que contiene cuchucientos rollos. Mi familia puede tener todos los defectos, pero somos muy culilimpios. 

Colocarme la mascarilla no fue fácil. Acostumbrada a la libertad de mi cara pasé bastante trabajo acomodándome correctamente el cordón elástico de la N95, hacia arriba y hacia abajo. Sentí que me apretó la conciencia y hasta las tripas. Quedé con la mascarilla incrustada en la carne, las mejillas desbordándose y el resto de la cara como hinchada, rebosante. Pero no importaba, estaba protegida.

Casi lavé el carrito de compras. Lo desinfecté como si fuera el fin del mundo y mi vida estuviera en juego, y emprendí ruta pasillo arriba y pasillo abajo con porte de concursante de Guerreros o Exatlón. Es más, hasta recordé un programa estadounidense viejísimo, Supermarket Sweep, en el que al toque de una chicharra —prima de la que nos suena en estos tiempos covidianos— los concursantes corrían a toda velocidad para echar en el carrito todo lo que podían en un minuto de tiempo. Tomé todo lo que necesitaba, papel de baño incluido.

¡Yes! sin tener que pelear. 

Entonces, estando en el tercer pasillo, comencé a experimentar un vahído producto del apretujamiento de la jodida mascarilla. El cuadro era el siguiente: El pelo lo tenía revolcado gracias al elástico que va desde el rostro hasta el tope de la cabeza. De la parte superior del labio, o sea, del bigote, se me deslizaban gotas de sudor. El aliento rebotaba contra ese material blanco (como felpa) en el que la mitad de mi cara estaba presa. “Coño, me muero”. Para colmo, cuando atravesaba el pasillo y otra persona transitaba a varios pies de distancia, apretaba el paso mientras contenía la respiración y trancaba los labios con fuerza como si con eso evitara que el virus me alcanzara. 

El cristal de los espejuelos se nublaba, sentía picor, vamos, que hasta sentía la boca seca, ácida. Destapé un poco la parte inferior de la mascarilla, la que me cubría la barbilla, a ver si entraba un poquito de aire acondicionado que me salvara la vida. Lo hice escondida entre las botellas de vinos, cavas y otros alcoholes tan necesarios en estos momentos, mirando antes a todos lados para asegurarme de que no hubiera nadie, que no apareciera un zombi a contagiarme. Uf, cobré un poco de vida y salí huyendo hacia la caja registradora. 

Atravesé la puerta de salida empujando el carro atiborrado, y casi corriendo desesperada por quitarme la cosa aquella. Acomodé la compra en el baúl a lo culo de res, o sea, como pude. Recordé lo ordenadita que la coloca mi marido, quien debe haber sido un cachanchán de aquel juego que se llamaba Tetris. Entré a la guagua y en un movimiento desesperado me quité la cosa esa, la jodida mascarilla, la cabrona mascarilla, la hija de la petranca mascarilla. De mi boca brotó el sonido de un gemido fatigado, como abatido, pero de placer. Ya les digo, es como un brasier apretado que se quita al llegar a casa luego de todo un día, o toda una noche, de llevar el tetamen preso, sin aire, sin libre albedrío y respiración. Son casi casi como una faja que te oprime y estrangula. 

He probado otras mascarillas, pero la sensación es la misma. Las de tela, producto de una creatividad sensacional que exhibe floripondios, figuras geométricas, colorines y hasta lentejuelas, me matan igual. Uy, esas se agarran de las orejas, sientes como si te las fueran a arrancar y temes que se te queden como aletas hacia el frente. 

Las mejorcitas son las azules, a las que le llaman quirúrgicas por el uso médico que les dan. Esas son más misericordiosas, aunque el alambre nunca encaja perfectamente sobre la nariz y deja escapar el aliento que nubla los espejuelos. Pero ni modo, no nos queda otra que acostumbrarnos a vivir enmascarilladas, hacer la paz con la obligación de llevar la nariz y la boca tapadas, reconocernos por la mitad de la cara y convivir con ese artefacto, con ese avechucho que nos aprieta y nos priva. 

Es eso, o morir.

Uka Green

PD: Este ensayo fue tomado de su libro “Titantos”, con permiso de la autora.

Puedes comprarlo desde cualquier parte del mundo en www.libros787.com.

Uka Green: hoy nos habla de las mascarillas covidianas con su particular sentido del humor.

Jorge Meléndez

Jorge Meléndez, es un Coach Certificado de John Maxwell y tiene un Diplomado de Coaching Ontológico de la UNAM.

Con más de 23 años de experiencia, como generador de abundancia y diseñador de propósitos personales y empresariales, ha logrado que, más de 200 mil personas en más de 30 países del mundo, descubran y alcancen su grandeza a través de talleres y mentorías que cambian la manera de pensar para alcanzar metas y sueños.

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