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Ese 11 De Septiembre…

Ese 11 de septiembre…

«No me gusta el color que pintaron el baño», le dije a Myriam Luz, la que era mi esposa en ese momento en una llamada. «Creo que puedes dar más de ti en tus pruebas en esa materia», fue lo que le dije a mi hijo de nueve años en otra llamada. Esas fueron las últimas dos cosas que dije antes de abordar el avión y apagar mi teléfono esa mañana.

La noche anterior, domingo 10 de septiembre, había sido algo rara. Tuve la oportunidad de asistir a la celebración del 35to aniversario de la carrera de Michael Jackson como solista en el Madison Square Garden. Durante dos días Jackson había invitado a un grupo selecto de artistas, cantantes y amigos en acompañarlo en tarima para celebrar dicha ocasión. Figuras como Elizabeth Taylor, sus hermanos Jackson, una deteriorada Whitney Houston, entre muchos más, dijeron presente para honrar a una de las figuras más importantes de la música pop en su historia.

Por alguna razón el momento no tenía ese sentido de grandiosidad que habían tenido otros conciertos de Michael Jackson. Su carrera, por lo menos en Estados Unidos, estaba sumida en una especie de letargo por los muchos escándalos de su conducta y por sus excentricidades. Mucha gente estaba más acostumbrada a las noticias de Michael, que a la música de Michael. Esa noche fue más un viaje a la nostalgia que una visión del futuro.

Todo el fin de semana había estado lloviendo intermitentemente en Nueva York. Era como una manera del Universo de decirnos que tendríamos que renovarnos, que limpiarnos porque algo era inminente. Llegué a la ciudad desde el sábado para ver si podía estar en los dos conciertos de Michael, antes de partir el lunes a cubrir la 2da entrega de los Grammy Latinos en Los Angeles. Sólo puede llegar al segundo.

El lunes ya estábamos en el aeropuerto mi esposa y yo desde las 5:30 am. Ella tomaría un vuelo a Puerto Rico, mientras yo haría lo propio en uno del aeropuerto John F. Kennedy a Los Angeles. Ambos vía American Airlines. El mío partía las 8:12 am, el de ella a las 8:30 am.

El vuelo partió a tiempo. El cielo se veía claro y la emoción de pensar en cómo sería la 2da entrega de premios Grammy comenzaba a ocupar espacio en mi mente. Al poco rato de haber partido, me doy cuenta que estoy sentado cerca del jugador de béisbol de grandes ligas e integrante del Salón de la Fama, Dave Winfield. Lo que sí me pareciera raro era que las asistentes de vuelo comenzaban a caminar lentamente por los pasillos y a mirar fijamente a los pasajeros.

No decían nada. No era un mirada ni intimidante, ni asustada, pero no era la mirada cordial o amable que suelen darte cuando están caminando por los pasillos para ver si te ofrece algo o van a recoger lo que quieres desechar. Era algo más minucioso, detallado, con un objetivo.

Al poco rato el Capitán piloto dice: «es posible que tengamos que hacer un descenso inesperado por algunas medidas de seguridad del avión. Los mantendremos informados». Algo raro que un avión despegara y tuviera algo inesperado de seguridad que ver a los pocos minutos de haber despegado.

Unos minutos después el Capitán vuelve a informar. «Tenemos que hacer un aterrizaje forzoso en la ciudad de Indianápolis debido a lo exigido por el Departamento de Seguridad Nacional. Todos los aviones que están en el aire requieren aterrizar lo antes posible por seguridad nacional».

En ese momento como que las cosas ya no tenían el mismo aire de informalidad o liviandad. Era como algo sacado de la nada, de una especie de fantasía. Recuerdo que cuando estábamos aterrizando en el aeropuerto de Indianápolis, la persona que estaba al lado mío me dijo: «llama a tu familia y dile que estás bien por que acaban de cometer un atentado contra las torres gemelas en Nueva York».

No había pasado ni bien una hora entre el haber despegado en Nueva York y el haber aterrizado forzosamente en Indianápolis cuando estaba llamando a todo el mundo. Pude localizar a una compañera periodista, Yolanda Rosaly, para que llamara a mi familia y le dijera que estaba bien, ya que los circuitos comenzaban a saturarse. Mi esposa iba camino a Puerto Rico y al estar en espacio internacional fuera de los Estados Unidos, su vuelo seguiría rumbo a Puerto Rico.

Al llegar al espacio de recoger maletas, teníamos que esperar unas casi dos horas en lo que los escuadrones de bombas detectaban que no habían artefactos explosivos en el avión que pudiera poner en peligro más gente de la que ya se había afectado hasta el momento. Al llegar a las bandas de maletas, ver en los televisores gigantes cómo se desencadenaba una serie de sucesos que alterarían para siempre al mundo, era como una especie de sueño-pesadilla-inexplicable realidad y no sabía que decir, hacer, sentir o expresar.

Recuerdo que llegué a mi hotel a eso de las casi 2 de la tarde. Hubo un momento en que ya no soportaba estar más viendo la televisión que repetían en todos los canales y de mil ángulos u opiniones diferentes lo que sucedía. Escuchar las palabras del entonces Presidente Bush decir: «estamos siendo atacados». En ese momento salí de mi hotel a caminar, pero parecía que el mundo había desaparecido. No pasaban coches por la calle, nadie caminaba por las calles. Todo se veía desolado.

El ataque no sólo le quitó la vida a miles de personas, sino que había tocado ese miedo que vive en cada uno de nosotros. Un miedo que ahora había sido impactado de manera disruptiva diciendo: «esto ahora está cerca de ti». Lo que cientos de países en el mundo han vivido por años, ahora llegaba a los Estados Unidos de manera ineludible. El terrorismo había llegado.

Yo no sé lo que sintieron las personas el día del ataque de Pearl Harbor, el día que lanzaron la bomba atómica, el día que asesinaron a John F. Kennedy, Martin Luther King y otros grandes líderes, pero me imagino que era algo similar. Tu jamás olvidas dónde estabas, que pasó y cómo lo viviste. Recuerdo que estuve cuatro días varado en Indianápolis y que mi reserva de vuelo cambió al menos 200 veces hasta que pude regresar a Puerto Rico.

Y si, el mundo no es el mismo desde el 11 de septiembre del 2001. Ese día lo que antes podría estar lejos para algunos, ahora estaba cerca. Lo que otro veían como ineludible, ahora se manifestaba. Lo que se pensaba que nunca era posible, ahora era una herida que marcó a muchos para siempre. Si, el mundo no ha sido el mismo desde entonces. Pero la vida continúa y no podemos vivir en el miedo y dejar que mate la vida que tenemos que vivir por ello.

Lo que sí tengo bien presente, 18 años más tarde, es que no vuelvo a montarme en un avión insatisfecho por el color del baño o por la prueba de una materia. Hoy, más que nunca, tengo claro que si mi vuelo no fue elegido (de los cuatro que salieron de JFK entre 8:02 y 8:18 am) fue por algo. Tenemos mucho por hacer, por aportar, por dar y por vivir. Todos podemos estar viviendo nuestro último día sin saberlo, pero si podemos elegir como vamos a vivirlo. Elige sabiamente.

¡Gracias por sacar de tu tiempo y leer este blog!

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Jorge Meléndez

Jorge Meléndez, es un Coach Certificado de John Maxwell y tiene un Diplomado de Coaching Ontológico de la UNAM.

Con más de 23 años de experiencia, como generador de abundancia y diseñador de propósitos personales y empresariales, ha logrado que, más de 200 mil personas en más de 30 países del mundo, descubran y alcancen su grandeza a través de talleres y mentorías que cambian la manera de pensar para alcanzar metas y sueños.

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