Hay un museo muy importante en tu vida. Tu lo visitas todos los días. Hora de valorar lo que has creado hasta este momento.
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Donde Viven Todas Tus Obras

Donde viven todas tus obras

Ahí están. Parece como si el tiempo nunca hubiese pasado. En algún momento comenzó la construcción. Alguien le dio permiso de levantarse en ese espacio. Hoy parecen reliquias de un tiempo pasado. Algunas son enormes, con un gran sentido de detalle y trabajo invertido. Otras más chicas, como si la obra quedó a medias o no se terminó la visión que el artista tenía al momento de hacer la obra. Es un museo como ninguno otro. Es único.

Todas las obras tienen algo en común: hacerte creer que son objetos inamovibles, permanentes y que poseen hasta una especie de hechizo que siempre estará presente en tu vida. El dilema no es el espacio que ocupan, sino la fuerza que le sigues dando. Es como si estuvieras haciendo un recorrido, tipo National Geographic, por un museo de obras de diferentes tiempos. Hay representaciones de todas las épocas, de todos los aspectos de la vida y, más importante, del origen de cada una.

El recorrido

Algunas obras tienen fecha de inicio y cuando fueron completadas. Otras sólo tienen fecha de inicio y parecen estar en «progreso». Algunas no tienen placa, como si hubiesen sido iniciadas por alguien que no quiere que el mundo sepa que es su obra, pero al compararlo con todo lo que está dentro del museo, es indudable que el artista es el mismo. Los tiempos pueden ser diferentes para cada obra, pero el trabajo hecho por el artista denota el impacto que vivió al momento de iniciarla o de seguirla haciendo.

Este museo nunca cierra. En algún momento del día entras o pasas por este espacio. Todos los días haces un recorrido por este museo. Hay veces que te detienes a mirar la obra (o las obras). A ver la manera en que fueron construidas. Por momentos te pierdes en el tiempo. Pareces irte a otra dimensión. A la situación, a la persona (o personas) que fueron influyentes en crear esa obra, ese monumento. En ocasiones quisieras que el tiempo volviera a ese instante en que lo sucedido (bueno o malo) fue lo que dio paso a que te comisionaran para construir la obra, la figura.

Pero hay esos días, cuando ni siquiera te detienes a mirar las obras. Es como si no existieran, las negaras, no crees que tienen un espacio en tu vida. Sabes que no es cierto. El pincel, el barro, el cemento, la pintura y todo lo que has usado para crear estas obras están marcados en tus manos. Son las las huellas, la evidencia, lo que te delata. Puedes negar su existencia, hasta el impacto de estas obras, pero no puedes negar que el efecto sigue tan presente como cuando ocurrió. Puedes separarte de la obra y no querer el crédito por haberla creado, pero no puedes distanciarte de la responsabilidad que esta tiene en tu vida.

Las tres salas principales

Hay tres salas principales en este espacio. Todas muestran un origen en común, un lugar que las conecta a todas. La vida. Es un vínculo que hace que las obras tengan huella, tengan nombre, firma, un creador. En algunas de las salas hay mucha luz, espacio, energía, vida y creatividad. En otras no hay luz, sólo sombras. La energía parece haber desaparecido en este espacio. Es como si el artista dejó esta sala y las obras que viven en ella en una especie de limbo, de vida sin vida, de estasis donde dejó de circular la sangre o la sustancia que le daba creatividad a la obra.

El museo tiene, además, muchos laberintos. De esas tres grandes salas donde se origina todo, nacen muchos salones y cuartos más pequeños que poseen una colección de obras. Estas reflejan la manera en que el artista utilizó la inspiración de cada sala para crear y construir las obras que se encuentran en ellas. Estas salas tienen nombres duales, ya que se mueven entre la manera en que el artista usa la energía que le da vida a esa sala para crear o sabotear, creer o desconfiar, construir o destruir.

Entras por un enorme vestíbulo llamado «Vida y cómo la ves». Este vestíbulo se caracteriza por una sola cosa: siempre está en movimiento. Se puede ver la manera en que el mundo nunca deja de pararse, de cambiar, de evolucionar y de moverse. Puede verse todo lo que es parte del mundo. Desde lo más pequeño e invisible, hasta lo más grande e increíble.

De ahí pasas a las tres salas. Estas se llaman «¿capaz o incapaz?», «¿suficiente o insuficiente?», «¿mereces o no mereces?». entras a cada sala, pero cuando sales, estas comienzan a perderse en rutas, pasajes, caminos, callejones y bolsillos. Cada sala tiene una dualidad, una particularidad que las hace atractivas, curiosas, misteriosas o atemorizantes. Algunas las visitas con más frecuencias, otras parecen estar abandonadas, esperando tu visita para que puedas seguir creando las obras que merecen ser parte de la exhibición.

La condición de las obras

Cada sala tiene grandes obras. Algunas terminadas y que muestras con mucho orgullo. Otras incompletas, sin definición, que reflejan una idea, un sentimiento, un pensamiento y una acción que se quedó a medias. Algo pasó, algo impactó al artista a dejar esa obra como está, pero la oportunidad sigue estando ahí. No sólo completar la obra, sino aprender la lección que vive encerrada en ella. Estas lecciones son producto de experiencias tanto placenteras como dolorosas.

De estas grandes salas vas pasando a salones más pequeños, pasajes y callejones donde hay obras extraordinarias. Trabajos donde el artista hizo maravillas con el material que tenía disponible en ese momento. Es como si fueran momentos que no valoró las lecciones, las oportunidades, pero el trabajo dice todo lo contrario. Fueron parte de ese periodo de formación tan vital que hace que el artista crea en sus capacidades, en sus habilidades y en su valor como creador. Pero, tristemente, el artista no valora la obra como merece. El mundo lo ve y lo hace, menos el artista.

Esos callejones, algunos sin aparente salida, muestran en sus paredes detalles, mensajes, señales, de que el artista sigue buscando, recorriendo, intentando ver lo que puede ser una puerta, una salida. En algunos casos pasa una y otra vez por el mismo callejón, pero no hace un alto para mirar con detenimiento lo que está ahí: la lección que lo trajo hasta ahí.

Es un museo que sigue creciendo sin darte cuenta. La expansión del museo es inevitable, lo que es opcional es el tiempo que te tomes para ver la manera en que quieres que se siga expandiendo. Esa es la naturaleza de la dualidad de este museo: depende de la manera en que quieras verlo, utilizarlo y crear en él. Las obras están ahí. Algunas ya fueron terminadas, otras están a medias y, las más importantes, las que van a crearse. Es momento de visitarlo con el propósito para el cual fue creado: ver la manera en que tus creencias crean tu vida. Bienvenido al Museo de tus Creencias.

HORA DE TRABAJAR CON TU MUSEO: Eso es uno de los objetivos principales de ser parte de «Básico 2.0»: trabajar con tu Museo de Creencias. Durante trece semanas vas a trabajar con la habilidad que determina el uso y el poder que le das a tu sistema de creencias: tu habilidad de hacer distinciones poderosas. Cómo ves las obras que has creado en tu vida. Lo que aceptas, lo que no aceptas. Si te la crees o sigues sin creértela. Si te valores y crees que mereces o si sigues mendigando por lo que quieres y mereces. Es hora de darle vida, visión, expansión y presencia a tu museo y a tu vida. Por eso quieres ser parte de «Básico 2.0». Oferta tempranera hasta el 31 de mayo y para las primeras 25 personas que tomen acción, un super regalo. Más información aquí: https://jorgemelendez.com.mx/basico-2-0/.

En ti vive un Museo donde guardas todas tus obras: el de tus Creencias.

Jorge Meléndez

Jorge Meléndez, es un Coach Certificado de John Maxwell y tiene un Diplomado de Coaching Ontológico de la UNAM.

Con más de 23 años de experiencia, como generador de abundancia y diseñador de propósitos personales y empresariales, ha logrado que, más de 200 mil personas en más de 30 países del mundo, descubran y alcancen su grandeza a través de talleres y mentorías que cambian la manera de pensar para alcanzar metas y sueños.

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