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Cuando Alejas A La Gente Sin Darte Cuenta

Cuando alejas a la gente sin darte cuenta

La conversación no se movía del lugar. Podría pensar que iba cuesta abajo. Mientras más esta persona buscaba maneras de abrirme posibilidades o ideas, yo me cerraba. A todo lo que me decía tenía una reacción o alguna manera de ripostar para defender mis puntos de vista u opiniones. Y lo peor de todo, no me daba cuenta. Hasta que la persona me dijo: «tienes la razón», se dió media vuelta y se fue.

Me dejó con la palabra en la boca. Pero no una manera descortés o irrespetuosa, sino aleccionadora. Fue algo simple, contundente y muy puntual. Por primera vez en mi vida, alguien no quería demostrar si tenía mejores argumentos que yo, no estaba enfrascado en ganar la conversación o en demostrar que tenía las capacidades o conocimientos para ganar la conversación.

Para esa persona no se trataba de una lucha de egos, sino de poder conectar, comunicar y realmente poder aportar algo a mi persona. Pero yo no lo permitía. Estaba tan cegado en querer tener la razón, tener la última palabra o demostrar que a cada cosa que me planteaba, que yo había hecho algo al respecto. En pocas palabras, no había espacio para que nada entrara, ya que «al saberlo todo», no era posible.

Esto suele pasar con mucha gente. Muchos nunca se dan cuenta. Están tan programados a defenderse, a ripostar a tener argumentos para demostrar lo que hacen (cómo lo hacen o lo han hecho) que no es posible entrar en nuevo terreno de descubrimiento. Es un espacio tan controlado, que mucha gente cerca de estas personas suelen darse por vencido o se cansan de intentarlo. «Lo dan por incorregible o son así».

Yo me crié en un hogar así. Tener la razón, los argumentos adecuados o querer tener la razón era el objetivo directo o indirecto. Y si no se lograba, era un proceso largo, tedioso, cansado o muy frustrante. Eso me pasó con familiares, parejas, amigos. trabajos y clientes. Perdí relaciones por ese hábito. Y yo juraba «todo estaba bien», ya que mi nivel de negación, auto defensa y protección era tan grande que no era capaz de reconocer que lo hacía.

Hasta que esta persona me dió una lección de vida. Ese simple gesto de darse la vuelta y decirme lo que me dijo, fue suficiente como para ver una película de mi vida. en esa película podía ver muchas interacciones en las que el resultado era el mismo: tener la razón, defenderme, que la otra persona supiera que «ya lo sabía, lo hacía bien (muchas veces mejor que el otro) o simplemente no había nada que la persona pudiera aportarme». Patético.

¿Cuál fue la lección? Simple: cada vez que hablas con alguien o vives algún tipo de interacción tienes dos opciones. Reaccionar o responder. La primera (reaccionar) ocurre en automático. No escuchas, no prestas atención, tu mente está en alerta roja.

La mente interpreta todo lo que oye (ya que no escucha) como «algún tipo de ataque o contraataque» del que hay que buscar razones para justificar lo que hace, hizo o va a hacer. No hay ningún tipo de reflexión. Todo viene de un espacio de control, de protegerse, de lucir bien, tener la razón y tener una buena excusa. En pocas palabras, sobrevivir.

¿De qué me tenía que defender yo? Esa era la pregunta. Durante crianza siempre tuve que demostrar que había hecho las cosas, que sabía cómo hacerlo y no podía cuestionar lo contrario, ya que podía haber consecuencias negativas. Por ejemplo, perder privilegios, castigos, no obtener permiso para salir o hasta que me pegaran. Como mi mente no sabe distinguir lo real de lo imaginario, cada vez que ella se siente en situaciones similares, hace lo que hacía en ese momento: protegerse, defenderse y pelear.

Eso sólo me hacía una víctima argumentativa, con razones y muchas defensas, pero víctima. Vivía reaccionando, defendiendo, pero nada diferente. Nada nuevo. No hay crecimiento, no hay desarrollo de consciencia, sino mente primitiva. Y como aprendí una vez: mientras más brillante eres, más brillantes son tus defensas.

¿Cómo pasar de la mente reactiva a una menta que genera respuestas creativas?

Aprender a escuchar.

Como dice Don Miguel Ruiz, «no tomarte las cosas personal».

Identificar «¿qué te hace estar tan a la defensiva o reaccionar a todo lo que te dicen?».

¿De qué buscas protegerte al querer saberlo todo, tener una respuesta a todo o querer tener la última palabra en una plática, conversación y, especialmente, en cada discusión?

¿De quién aprendiste eso?

¿Qué pasó que te sentiste tan vulnerable, expuesto, decepcionado, triste, enojado o cualquier otro sentimiento que optaste por comenzar a protegerte y defenderte con todo el mundo?

¿De qué te pierdes por seguir haciéndolo?

¿Qué podría ser el primer paso hacia liberarte de tus defensas y comenzar a aprender a responder?

Para poder responder y no seguir reaccionando. Requieres hacer un alto. Estar presente y saber que este momento to no tiene nada que ver con tu pasado, sino es algo nuevo.

Escuchar, internalizar y realmente pensar en algo creativo, diferente y que te mueva de seguir en automático para que puedas conocer algo nuevo de ti y de la persona con la que interactúas. Tal vez haces esto con las personas que más te importan: tu pareja, tus hijos, tus padres, hermanos, amigos, socios, cliente, empleados y mucho más.

¿Qué vas a hacer al respecto?

Tal vez tu manera de reaccionar ante todo esté alejando a la gente que más quieres de tu vida.

Jorge Meléndez

Jorge Meléndez, es un Coach Certificado de John Maxwell y tiene un Diplomado de Coaching Ontológico de la UNAM.

Con más de 23 años de experiencia, como generador de abundancia y diseñador de propósitos personales y empresariales, ha logrado que, más de 200 mil personas en más de 30 países del mundo, descubran y alcancen su grandeza a través de talleres y mentorías que cambian la manera de pensar para alcanzar metas y sueños.

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