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Clemente Y Kobe: Un Sentimiento Parecido

Clemente y Kobe: un sentimiento parecido

Sin ser desconsiderado con lo que sienten millones de personas en este momento por la pérdida de Kobe Bryant, muchos puertorriqueños y seguidores del béisbol, especialmente de los Piratas de Pittsburgh, conocemos este dolor. Conocemos esta sensación. Conocemos esta mezcla de emociones, de negación ante la realidad, de no querer aceptar cuando las cosas pasan a destiempo. Cuando la vida parece ser injusta.

Jamás olvido, siendo un niño de 8 años, cuando toda la familia celebrábamos la Despedida de año en 1972 en el pueblo de Vega Baja. Casi a las 10:30 de la noche, comenzaba a rondar la información de la caída del avión en el que Roberto Clemente transportaba provisiones para los damnificados del terrible terremoto que azotó a Managua, Nicaragua. El no quería celebrar esa noche, ya que entendía que podía hacerlo al día siguiente, pero esa noche no, ya que habían muchos que requerían apoyo, asistencia y provisiones.

Servir era más importante que celebrar, aunque le haya costado la vida. Esa noche, especialmente la mañana siguiente, todo lo que recuerdo eran las imágenes de un mar embravecido que hacía más difícil la búsqueda (o posible rescate) de un hombre que apenas se retiraba del béisbol dos meses antes. De la misma forma en que Kobe comenzaba a disfrutar del segundo acto de todo hombre que se retira de lo que hace toda su vida (llevaba 4 años retirado), Clemente apenas iniciaba el suyo.

De niño lo único que mi mente podía capturar o entender en ese momento era que el hombre que había sido mi héroe de la Serie Mundial el año anterior, moría inesperadamente, repentinamente, desgarradoramente y dejaba un impacto indeleble en todo un país, en todo en un deporte, en la comunidad latina y en la mente de toda persona de que servir no es un acto heroico, sino una oportunidad que tenemos todos de ayudar a quienes tenemos cerca o con los que compartimos este mundo.

La vida nos arrebata algo que apenas comenzaba a trascender. En tiempos cuando los medios de comunicación eran pocos y tener un latino de la talla de Clemente ascender en un mundo que todavía deba los primeros pasos de «parecer unirse sin importar el color de la piel», era algo extraordinario. Recuerdo haber participado en una clínica de béisbol con Roberto en el año 72 y nunca olvidar la impresión que dejó su figura en mi mente. Alto, fornido y con un aura especial y carismático. Algo especial poseía.

Era un dolor que no podías escapar de él. No podías huir. No querías creerlo, aceptarlo, pero tarde o temprano la realidad te encontraba. Algo quedaba hueco. Recuerdo por años ir a la playa y pensar: ¿dónde estará el avión, el cuerpo, la evidencia? ¿Estará Roberto en alguna Isla desierta vivo por algún milagro en todo este tiempo? Pero las imágenes de lo que hizo en el campo de béisbol vivían en mi mente para siempre. Su última misión dejaba una responsabilidad social para todos.

Kobe tuvo cuatro años para transicionar de deportista a embajador del deporte y mostrarse de otra manera al mundo. Clemente nunca lo tuvo. Pasó del retiro al servicio. De la misma forma en que hoy pensamos en el enorme dolor que vive y siente Vanessa (esposa de Kobe) y sus tres hijas que le sobreviven, lo mismo fue para Vera Cristina, la esposa de Roberto, quien le sobrevivió con tres hijos varones al momento de su muerte.

La razón por la que escribo este blog hoy no es meramente mirar la muerte, comparar a dos astros del deporte, sino hacer la pregunta de ¿qué podemos aprender de la muerte sobre la vida? Algunos dicen, «nos vamos a morir como quiera», «de qué le sirvió tener tanto dinero si al final del día se van a morir», «qué pena por la esposa que deja y los hijos», «qué ejemplo de vida dejaron como inspiración, legado o huella». Cada uno mira la muerte, su impacto y la vida a su manera en momento como estos.

Para mi, hoy la muerte de Kobe Bryant me llevó mirar la muerte de Roberto Clemente de otra manera. De cuestionarme ¿qué realmente significó la muerte de Clemente para un niño de ocho años? Hoy miro que de la misma forma en que Clemente ha sido (y sigue siendo) una inspiración, un motivo de orgullo, un héroe y un modelo a seguir, también me dejó con un temor: ¿será que cuando alcances lo que más quieres, acabará tu razón de ser de estar en este mundo?

Ese temor no sabía que vivía en mi, lo descubrí y lo revelé este fin de semana. Ese temor ha tenido un enorme impacto en mi vida. Mi crecimiento se ha visto impactado por ello. Cuando hoy veo la muerte de Kobe Bryant puedo discernir y ver otras cosas de mi. Clemente y Kobe tenían mucho en común: querer ser el mejor, trascender, servir a otros. Por lo que he podido aprender de observar la grandeza de otros es que «la pasión incansable de elevarse, de alcanzar lo que pocos alcanzan y de ser el mejor es algo que no pueden apagar, no pueden dejar atrás, sólo se canaliza de otra forma. Clemente a su manera y Kobe de otra.

Lo que ambos me enseñan hoy es que: tener un sueño más grande que tu es el motor que va a mover tu vida y la de aquellos que están cerca de ti. Su legado se creó en el deporte, pero su ideal lo llevó al mundo y por eso siguen siendo estrellas que brillan en el firmamento. Nunca van a morir, aunque sus cuerpos, sus sonrisas, su pasión con la que vivían no lo veamos. Queda de parte nuestra emularlos, lo que nos sirva, convertirlo en combustible para alcanzar por lo menos la luna.

No dudo que muchos hayan sentido lo mismo en los 60, cuando héroes como John F. Kennedy y Martin Luther King, y muchos héroes de cada país haya muerto (Galán en Colombia, Colossio en México, Ghandi en India), especialmente de manera inesperada, trágica o dramática. Por eso los héroes no son muchos, no son comúnes. Llegan cada cierto tiempo. No sabemos cuanto tiempo van a estar entre los vivos. Pero lo que sí sabemos es que su huella no muere, sino que queda viva para que otros la sigan.

Si algo siento que me dicen los dos, si Roberto y Kobe, es: «vive con pasión, vive tus sueños, entrégate a todo. No tengas miedo de vivir. Morir es inevitable, pero cómo quieres vivir está en tus manos. No sabes el tiempo que vas a estar aquí, mucho menos como te despedirás de este plano, pero mejor es vivir con la pasión por lo que sueñas y crees, que esperar morir sin liberar eso que todos llevamos dentro: un sueño». Gracias por la lección.

¡Gracias por sacar de tu tiempo leer este blog!

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Jorge Meléndez

Jorge Meléndez, es un Coach Certificado de John Maxwell y tiene un Diplomado de Coaching Ontológico de la UNAM.

Con más de 23 años de experiencia, como generador de abundancia y diseñador de propósitos personales y empresariales, ha logrado que, más de 200 mil personas en más de 30 países del mundo, descubran y alcancen su grandeza a través de talleres y mentorías que cambian la manera de pensar para alcanzar metas y sueños.

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